• Reflexion

    Posted on November 22nd, 2011

    Written by ernesto

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    Lecturas del Día
    Daniel 2:31-45
    Daniel 3:57, 58, 59, 60, 61
    Lucas 21:5-11

    En la lectura del Evangelio de hoy, Jesús y los discípulos discuten el Día del Juicio Final. Para el mundo, esto parecerá como el máximo desastre. Pero si nos negamos a pertenecer al mundo, porque pertenecemos al reino de Dios, para nosotros el Día del Juicio Final significará escuchar que Dios diga, “Bien hecho, buen y fiel sirviente ¡Ahora estás totalmente libre del mal”!
    Pertenecer al reino de Dios es contra-cultural.
    Para salir bien del Juicio Final, nosotros tenemos que, no sólo creer en Jesús, si no también tenemos que ser como Jesús. Y eso significa deshacernos de toda conducta mundana que no imita a Cristo (relativismo moral es un ejemplo de lo mundanos que los cristianos hemos llegado a ser); Cristo enseñó morales absolutos, pero hemos aceptado la idea de que todos pueden hacer sin peligro sus propias ideas acerca de lo que es pecado y lo que no es.
    El fin del mundo nos fascina. Las películas de Hollywood acerca de ello son éxitos de taquilla. Las novelas cristianas acerca de ello superan las ventas. Las predicciones de Nostradamus son más populares que nunca, y los psíquicos que hablan acerca de ello atraen grandes cantidades de seguidores. Los desastres naturales, son declarados como castigos contra pecadores por los cristianos que buscan las señales de que Jesús vendrá pronto a rescatarnos de estos pecadores.
    ¿Por qué toda esta fascinación con el fin del mundo? Es porque queremos que Jesús (no extraterrestres o súper héroes) nos rescate del mal. Sin embargo deberíamos estar más interesados en ser menos como el mundo, que en ver el fin del mundo, porque es así como pondremos fin al mal desde ahora. Debemos de estar más interesados en lo que podemos hacer por Cristo en el presente que en lo él puede hacer por nosotros en el futuro.
    Es en el presente en el que hacemos una diferencia. En lugar de estar diciéndoles a los demás de que ellos serán castigados en la fatalidad inminente, deberíamos estar esparciendo tanto el amor de Cristo aquí y ahora que establezcamos cimientos sólidos para un mejor futuro.
    Cuándo los discípulos pidieron claves acerca del tiempo del desastre que Jesús describió, él les advirtió que tuvieran cuidado de caer presos a los engaños. Él sabía que enfocarse en el futuro puede causar fácilmente malas interpretaciones y predicciones equivocadas.
    Jesús no fue un adivino cuando él advirtió que el templo sagrado sería derribado. Él hablaba acerca del presente de su interacción con los discípulos: El Mesías había llegado y por lo tanto el templo de piedra ya no era necesario.
    Sus palabras pueden aplicar también a nuestro propio presente: Nuestros cuerpos, que son los templos del Espíritu Santo, se morirán y decaerán, pero nuestro Mesías ha venido. Si nosotros lo seguimos, alcanzaremos el cielo. Nuestros templos de carne y hueso no nos pueden salvar; necesitamos al Mesías. Viviendo en él y por él aseguraremos hoy nuestro futuro en el reino de Dios; incluso si la Segunda Venida de Cristo no ocurre en nuestras vidas.
    Mientras tanto, cuando las dificultades afectan nuestra vida, o cuándo el hambre nos hace hambrientos de cualquier cosa que carecemos, o cuando terremotos como la pérdida de un trabajo o la muerte de un ser querido azotan nuestro mundo, somos consolados recordando que esto es normal para este mundo y que nosotros no pertenecemos a este mundo. Tomamos acción para hacer de este mundo un lugar mejor, pero no vivimos en temor ni tampoco esperamos que Jesús haga el trabajo por nosotros.
    Aun cuando parece que nuestros problemas traerán un fin permanente a lo que había sido bueno para nosotros, los presagios temerosos no deben de consternarnos. ¡Nuestro Mesías está con nosotros! Así que mantén tus ojos en Jesús, aquí y ahora.

    Reflexión de Las Buenas Nuevas
    Martes de la Trigésima Cuarta Semana del Tiempo Ordinario
    22 de noviembre, 2011

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